El reciclaje vuelve a empezar
“La federación ha examinado el panorama de entrenadores disponibles y concluido que la respuesta está en 2013. Esto no es audacia. Esto es un fracaso de imaginación disfrazado de pragmatismo.”
Miguel Herrera ha vuelto. La Federación Mexicana de Fútbol anunció el 18 de junio que Herrera se hará cargo de la selección nacional, con Ricardo Peláez uniéndose a él en lo que la federación describe como un acuerdo de préstamo desde sus puestos en clubes 12. Este es el segundo periodo de Herrera con El Tri, tras su anterior etapa de 2013 a 2015. Para una federación que lleva la mejor parte de una década prometiendo renovación, recurrir de nuevo a un entrenador que ocupó el cargo por última vez hace once años es una curiosa definición del progreso.
El primer periodo de Herrera ofreció resultados que halagaron para engañar. Llevó a México al Mundial de 2014, donde alcanzaron los octavos de final antes de perder ante Países Bajos en un partido recordado sobre todo por el teatro de Arjen Robben. Sus equipos estaban organizados, eran difíciles de romper y capaces de alguna actuación inspirada ocasional. También eran predecibles, tácticamente conservadores y dependientes de la brillantez individual más que de la coherencia sistémica. Cuando la federación lo destituyó en 2015 —supuestamente por un altercado con un comentarista de televisión en el aeropuerto de Filadelfia— pareció un reconocimiento tardío de que la pasión por sí sola no constituye una filosofía.
Y sin embargo aquí estamos. La federación ha examinado el panorama de entrenadores disponibles, sopesado las opciones y concluido que la respuesta está en 2013. Esto no es audacia. Esto es un fracaso de imaginación disfrazado de pragmatismo.
Lo que revelan las cifras
La magnitud del estancamiento de la federación es visible en los datos. Hindsite ha indexado 396 artículos sobre la selección mexicana en toda su historia, pero solo dos han aparecido en las últimas 24 horas y ninguno en la semana anterior [estadísticas del sitio]. Este no es el perfil de una federación que genera impulso o ideas. Es el perfil de una institución encalmada, que solo genera titulares cuando mira hacia atrás.
El nombramiento de Herrera llega en un momento en que el fútbol mexicano afronta cuestiones estructurales que lleva años evitando. La selección nacional no ha superado los octavos de final en un Mundial desde 1986, una sequía que ya abarca casi cuatro décadas. La liga nacional, aunque comercialmente exitosa, se ha convertido en un coto cerrado que prioriza el beneficio a corto plazo sobre el desarrollo de jugadores. El talento joven mexicano descubre cada vez más que el camino hacia el fútbol europeo —el tradicional campo de pruebas para los mejores del continente— no pasa por la Liga MX sino que la rodea. La respuesta de la federación a estos desafíos ha sido nombrar a un entrenador cuyo apogeo profesional llegó cuando el iPhone 5 era el modelo más reciente.
El acuerdo de 'préstamo' con Peláez añade una capa de absurdo administrativo 2. Ambos hombres siguen contratados por sus clubes mientras sirven a la selección nacional, un compromiso que sugiere que la federación o no puede permitirse comprar sus contratos o no cree lo suficiente en el nombramiento como para comprometerse plenamente. Es el equivalente institucional de cubrir las apuestas —un enfoque que puede funcionar en la gestión de carteras pero rara vez en el fútbol, donde importan el compromiso y la claridad de propósito.
El argumento a favor de la continuidad, tal como es
Hay un argumento, si uno entrecierra los ojos, para el regreso de Herrera. Conoce la maquinaria de la federación, comprende el ecosistema del fútbol mexicano y ha dado resultados antes. Sus equipos no colapsan; compiten. En una cultura futbolística que últimamente ha oscilado entre el bajo rendimiento y la crisis, la competencia tiene cierto atractivo. Y Herrera es, ante todo, competente.
Además, el panorama alternativo no es obviamente más rico. Los recientes nombramientos de entrenadores de México han incluido a Gerardo Martino, cuyo mandato terminó en mutua decepción, y una procesión de interinos y soluciones a corto plazo. El rastreo de entrenadores internacionales por parte de la federación ha sido históricamente tibio, limitado por presupuesto, idioma y una preferencia institucional por lo familiar. Si la elección es entre Herrera y otro nombramiento nacional poco inspirado, Herrera al menos aporta una cantidad conocida.
Pero esta es la lógica del declive gestionado. Acepta que los horizontes del fútbol mexicano se han encogido, que las ambiciones de la federación ahora no se extienden más allá de evitar la vergüenza en lugar de perseguir la excelencia. Trata a la selección nacional no como un proyecto con dirección sino como un problema a contener.
Lo que realmente requeriría la renovación
El fracaso central de la federación no es táctico sino imaginativo. Al fútbol mexicano no le falta talento; le falta una visión coherente de cómo debe desarrollarse ese talento y hacia dónde debe apuntar. El regreso de Herrera no abordará el cierre de la Liga MX al descenso, que ha eliminado la presión competitiva que antes impulsaba a los clubes a invertir en el desarrollo juvenil. No resolverá el hecho de que los jugadores mexicanos en el extranjero siguen siendo minoría, limitando su exposición a los niveles más altos de la competición europea. No confrontará los propios problemas de gobernanza de la federación, que han incluido escándalos de corrupción y una puerta giratoria de administradores más preocupados por preservar sus puestos que por construir para el futuro.
La renovación requeriría que la federación tomara decisiones incómodas: priorizar el desarrollo de jugadores a largo plazo sobre los rendimientos comerciales a corto plazo, abrir la estructura de la liga a la competencia genuina, nombrar a un entrenador con una filosofía clara y luego darle tiempo para implementarla incluso cuando los resultados flaqueen. Nada de esto es glamuroso. Todo ello es necesario. Y nada de ello se consigue nombrando a Miguel Herrera en 2026.
La trayectoria sigue siendo descendente
Herrera probablemente estabilizará las cosas. México clasificará para torneos, competirá respetablemente y ocasionalmente superará las bajas expectativas. La federación señalará estos resultados como reivindicación. Pero la estabilidad no es el éxito, y la competencia no es una estrategia. El nombramiento revela una federación que ha dejado de preguntarse en qué podría convertirse el fútbol mexicano y se ha conformado con gestionar lo que es. Esa es una elección, y es la equivocada.
