Tres pistoleros abrieron fuego contra el consulado israelí en Estambul en abril, matando al menos a dos personas antes de que la policía turca neutralizara a los atacantes 341112. Turquía respondió con cerca de 200 detenciones 1014, calificó el asalto de terrorismo y solicitó solidaridad internacional 2. Sin embargo, la indignación de Ankara suena hueca. Durante años, las autoridades turcas han permitido que la retórica antiisraelí se metamorfosease en furia callejera, tratando las sedes diplomáticas como puntos de presión aceptables en el teatro geopolítico. Ahora el guion se ha vuelto letal.
“Un estado que se beneficia políticamente del sentimiento antiisraelí no puede reclamar simultáneamente condición de víctima cuando ese sentimiento se torna violento.”
El ataque no fue sofisticado. Según múltiples medios 1819, los pistoleros atacaron un edificio que alberga el consulado a plena luz del día: una operación tosca que solo logró ilustrar hasta qué punto se ha normalizado la hostilidad hacia las misiones diplomáticas israelíes en un estado miembro de la OTAN. Tanto Turquía como Israel lo calificaron de terrorismo 2, pero las etiquetas no explican por qué Estambul, una ciudad con siglos de tradición cosmopolita, necesita ahora perímetros armados alrededor de consulados extranjeros. La respuesta reside en años de ambigüedad calculada: los líderes turcos cultivan el fervor nacionalista condenando la política israelí en Gaza, para luego fingir asombro cuando ese fervor produce disparos.
La ofensiva de Ankara —nueve detenidos inicialmente, luego cerca de 200 en la redada 1314— sugiere que el gobierno comprende lo que está en juego. Pero las detenciones masivas son teatro a menos que se acompañen de un cambio retórico. El gobierno del presidente Erdoğan ha pasado la última década tratando a Israel como piñata político-doméstica, denunciando sus acciones con un lenguaje diseñado para inflamar más que informar. Cuando los funcionarios describen la política israelí como genocidio y comparan a sus líderes con criminales de guerra, no pueden sorprenderse de forma creíble cuando algunos ciudadanos concluyen que atacar un consulado israelí es un acto legítimo de resistencia. Estados Unidos condenó el asalto como un «ataque al orden internacional» 15, que lo es, pero el desorden comenzó mucho antes de que llegaran los pistoleros.
El riesgo mayor es el contagio. Las sedes diplomáticas funcionan bajo el supuesto de que los estados vigilarán la distancia entre la protesta permisible y la violencia impermisible. Una vez que esa distinción se erosiona, cada consulado en una región volátil se convierte en objetivo potencial. Las detenciones turcas pueden disuadir a la próxima célula, pero no abordan el clima subyacente. Eso exige que Ankara decida si quiere ser una potencia regional responsable o un altavoz de furia maximalista. Ambas cosas son incompatibles.
Este incidente no reiniciará las relaciones turco-israelíes, que han oscilado entre la hostilidad y el pragmatismo reacio durante años. Pero debería llevar a los aliados de la OTAN a plantear preguntas más duras sobre lo que Ankara tolera en su plaza pública. Un estado que se beneficia políticamente del sentimiento antiisraelí no puede reclamar simultáneamente condición de víctima cuando ese sentimiento se torna violento. Los 19 artículos publicados sobre este suceso en las últimas 24 horas sugieren que el mundo observa. El próximo movimiento de Turquía aclarará si aprendió la lección o simplemente escenificó indignación para las cámaras.
