Cuando el Jurado Nacional de Elecciones dictaminó el 9 de junio que la primera vuelta presidencial de Perú no sería anulada 9, preservó la forma del proceso democrático sin hacer nada por abordar el fondo. La segunda vuelta entre Keiko Fujimori y Roberto Sánchez seguirá adelante según lo previsto 9, pero la maquinaria estatal que debería garantizar su legitimidad ya ha fracasado.
“Cuando un gobierno no puede proteger a un grupo musical querido de la violencia organizada, ha perdido el monopolio de la fuerza que sustenta la legitimidad electoral.”
La lectura convencional trata esto como un drama electoral: márgenes estrechos, denuncias de fraude de Rafael López Aliaga (que ahora respalda a Fujimori 21), cédulas premarcadas descubiertas en mesas de votación 19, observadores internacionales convocados por Human Rights Watch 2. Ese encuadre presupone que las instituciones responsables de dirimir tales disputas conservan la capacidad de hacerlo. No la conservan. La destitución de la presidenta Boluarte en octubre de 2025 1216 no fue precipitada por el teatro procedimental habitual de la política peruana, sino por la incapacidad del Estado de prevenir un ataque contra el grupo de cumbia Agua Marina, una institución cultural que trasciende las divisiones partidistas 15. Cuando un gobierno no puede proteger a un grupo musical querido de la violencia organizada, ha perdido el monopolio de la fuerza que sustenta la legitimidad electoral.
Perú ha pasado por siete presidentes en nueve años 13, una estadística que sugiere no volatilidad sino parálisis. El Atlantic Council argumenta de forma persuasiva que una década de caos político ha abierto la puerta al crimen organizado 14; El País describe un país al borde del colapso político 13. Las elecciones programadas para abril de 2026 123710 no son la solución a esta crisis: están ocurriendo dentro de ella. Las denuncias de fraude y las campañas de desinformación son síntomas del colapso institucional, no causas. La Unión Europea y las autoridades peruanas negaron que se produjeran irregularidades en la votación 9, pero el hecho de que tales desmentidos sean necesarios, y ampliamente descreídos, revela el problema más profundo: los organismos electorales han perdido la confianza pública necesaria para dirimir controversias.
La aritmética de la construcción de coaliciones no ofrece salida. El respaldo de López Aliaga a Fujimori 21 no estabiliza la derecha; señala desesperación. Perú Libre de Vladimir Cerrón ha declinado apoyar a Sánchez, otorgando en cambio libertad de voto a sus miembros 23. Primero La Gente ofrece sólo "apoyo crítico" a Sánchez, bajo la consigna "Fujimori nunca más" 29. Estas no son coaliciones; son situaciones de rehenes. La pregunta institucional no es qué candidato ganará la segunda vuelta, sino si el ganador podrá gobernar en un Estado donde el Congreso, la presidencia y el aparato de seguridad ya no funcionan como poderes que se refuerzan mutuamente.
La BBC informa que el resultado es demasiado ajustado para predecirlo, con semanas de incertidumbre por delante 17. Esa incertidumbre es estructural, no contingente. Ni siquiera un margen decisivo conferiría legitimidad en un sistema donde se han publicado 30 artículos sobre las elecciones solo en las últimas 24 horas, y la narrativa dominante no versa sobre políticas públicas sino sobre fraude, violencia y colapso. Las elecciones son una reorganización de las sillas del Titanic. El barco ya está haciendo agua.
