La mañana anterior
La Institución Chautauqua se alza a orillas del lago Chautauqua, en el oeste del estado de Nueva York, un refugio decimonónico donde casitas victorianas se agrupan en torno a un anfiteatro de columnas blancas . Durante más de un siglo ha acogido conferencias, conciertos y conversaciones edificantes sobre literatura y democracia—un experimento peculiarmente estadounidense de optimismo ilustrado. En la mañana del 12 de agosto de 2022, la institución había invitado a Salman Rushdie, entonces de setenta y cinco años, a hablar sobre Estados Unidos como refugio para escritores exiliados .
Rushdie tenía motivos para apreciar el tema. Durante treinta y tres años había vivido bajo una sentencia de muerte emitida por el ayatolá Ruhollah Jomeini, líder fundamentalista de la República Islámica de Irán, quien en 1989 llamó a matarlo por *Los versos satánicos* . Aquella novela—una meditación expansiva y realista-mágica sobre la migración, la fe y la identidad—había sido considerada blasfema. La fatua obligó a Rushdie a ocultarse durante casi una década, custodiado por la policía británica, su vida comprimida en casas de seguridad y vehículos blindados. Pero para 2022 hacía mucho que había emergido . Vivía en Nueva York. Asistía a fiestas, concedía entrevistas, caminaba por las calles. La amenaza, todos suponían, se había desvanecido en la historia.
A las once de la mañana, cuando Rushdie subió al escenario en Chautauqua, un hombre de veinticuatro años llamado Hadi Matar se abalanzó y lo apuñaló repetidamente en el rostro y el cuello . Los testigos describieron el caos: gritos, sangre, el novelista desplomándose. Un reportero de Associated Press, presente por casualidad, lo vio todo . Matar fue reducido y arrestado . Rushdie fue trasladado en helicóptero al hospital, sus heridas catastróficas: el hígado dañado, nervios seccionados en un brazo, heridas en cuello y abdomen . Perdería la vista del ojo derecho .
El ataque duró segundos. Sus implicaciones se extienden a lo largo de décadas.
El libro que no moriría
Para comprender lo sucedido en Chautauqua, hay que remontarse a 1988, cuando Viking publicó *Los versos satánicos*. La novela comienza con dos hombres cayendo de un avión que ha explotado; uno se convierte en ángel, el otro en demonio. Contiene secuencias oníricas en las que aparece una figura que recuerda al profeta Mahoma, y Rushdie explora el controvertido episodio de los "versos satánicos"—un momento disputado en la historia islámica cuando, según algunos relatos, Mahoma aceptó brevemente versos que luego se consideraron susurrados por Satanás. El libro es denso, alusivo, desafiante. Y también, en algunos pasajes, irreverente .
Las comunidades musulmanas en Gran Bretaña protestaron casi de inmediato. La furia se extendió. El 14 de febrero de 1989, el ayatolá Jomeini emitió su fatua, difundida por la radio estatal iraní: "Informo al orgulloso pueblo musulmán del mundo que el autor del libro *Los versos satánicos*, que va contra el islam, el Profeta y el Corán, y todos los involucrados en su publicación que conocían su contenido, son sentenciados a muerte" . Se ofreció una recompensa. Librerías fueron incendiadas. El traductor japonés de Rushdie fue asesinado; su traductor italiano fue apuñalado y sobrevivió; su editor noruego recibió disparos frente a su casa .
Rushdie desapareció bajo protección. Durante casi nueve años vivió bajo identidades falsas, en constante movimiento, viendo a sus hijos bajo custodia. La fatua se convirtió en símbolo: para algunos, de la amenaza implacable del extremismo teocrático; para otros, de la arrogancia occidental y la falta de respeto a lo sagrado. El propio novelista se volvió una especie de tótem—menos persona que argumento.
Para finales de los años noventa, el peligro agudo pareció retroceder. El gobierno reformista de Irán se distanció de la fatua, aunque nunca la revocó formalmente. Rushdie empezó a viajar de nuevo, a publicar, a vivir abiertamente. Se mudó a Nueva York en 2000. Se casó, se divorció, volvió a casarse. Asistió a la Gala del Met. El título de caballero que recibió de la Corona británica en 2007 provocó nueva indignación en Teherán, pero ningún asesino se materializó. El mundo siguió adelante .
Salvo que no lo había hecho. No del todo.
El verdugo anodino
Hadi Matar nació en California en 1998, nueve años después de la fatua de Jomeini . Sus padres eran inmigrantes libaneses; su padre regresó al Líbano cuando Matar era pequeño. La familia vivía en Fairview, Nueva Jersey, un pueblo pequeño al otro lado del río Hudson frente a Manhattan. Los vecinos describían un hogar tranquilo. El propio Matar dejó pocas huellas: ningún manifiesto, ninguna declaración pública, ninguna huella ideológica clara.
Pero surgieron fragmentos. Matar había viajado al Líbano en 2018, permaneciendo allí cerca de un mes . Los investigadores afirmaron posteriormente que había mantenido contacto con miembros de la Guardia Revolucionaria de Irán, aunque la naturaleza precisa de estos contactos sigue siendo incierta . Cuando la policía lo registró tras el ataque, encontraron una licencia de conducir falsa con el nombre de un comandante de Hezbolá . En redes sociales había elogiado a la Guardia Revolucionaria . Comenzó a formarse una imagen, aunque quedaba difusa: un joven, aparentemente radicalizado, que de algún modo había decidido completar la tarea que Jomeini había encomendado treinta y tres años antes.
Lo llamativo es lo ordinario que parecía. Matar no era un operativo entrenado, ni un extremista conocido. Compró una entrada al evento de Chautauqua como cualquier asistente. La seguridad en el encuentro literario era mínima—sin detectores de metales, sin registros . La institución se enorgullecía de su apertura, de su accesibilidad. Rushdie también había resistido la seguridad estricta en los últimos años. Quería vivir, no meramente sobrevivir .
Matar se declaró inocente de los cargos de intento de asesinato en segundo grado y agresión . Posteriormente fue declarado culpable y sentenciado a veinticinco años de prisión . En el juicio ofreció pocas explicaciones. Los motivos permanecen parcialmente opacos—si actuó solo, si fue dirigido, si se veía a sí mismo como soldado, fanático o algo completamente distinto.
Celebración y silencio
El ataque envió temblores por el mundo literario, pero las respuestas fueron fracturadas, revelando líneas de falla que la fatua había expuesto por primera vez en 1989.
En Irán, los medios conservadores estallaron en alabanzas. Kayhan, un periódico de línea dura cercano al Líder Supremo, saludó al atacante por su "valentía y lealtad" . "Felicitaciones al hombre que destruyó el cuello de un enemigo de Alá", rezaba un titular . Una fundación afiliada al Estado iraní supuestamente otorgó a Matar mil metros cuadrados de terreno valioso en reconocimiento a su acto . Partidarios de Hezbolá en el Líbano celebraron lo que llamaron un "apuñalamiento sagrado" .
El presidente francés Emmanuel Macron condenó el ataque, declarando que "su lucha es nuestra lucha"—una contienda universal por la libertad de expresión . En Gran Bretaña, el establecimiento literario se movilizó. La Royal Society of Literature, encabezada por Bernardine Evaristo, reafirmó su compromiso de defender la libertad de expresión . Se anunciaron planes para un evento de celebración en la British Library .
Sin embargo, en otros lugares, el silencio fue conspicuo. En India y Pakistán—países con grandes poblaciones musulmanas y relaciones complejas con la obra de Rushdie—la reacción fue tenue . Los líderes políticos indios, con pocas excepciones, no dijeron nada . Rushdie, aunque nacido en Bombay, había sido durante mucho tiempo una figura polémica en el subcontinente. *Los versos satánicos* sigue prohibido en India, Pakistán y más de veinte países. Para muchos gobiernos, el cálculo era claro: nada que ganar defendiéndolo, mucho que arriesgar al hacerlo.
Este silencio es su propia forma de violencia. Cede el terreno. Acepta que ciertas ideas, ciertos libros, ciertas personas pueden quedar fuera de la protección si el costo de defenderlas es demasiado alto.
El recuento del cuerpo
Rushdie sobrevivió, pero apenas. Tras el apuñalamiento fue conectado a un respirador artificial . Su agente, Andrew Wylie, proporcionó actualizaciones sombrías: Rushdie probablemente perdería un ojo, los nervios de un brazo estaban seccionados, su hígado estaba dañado . El novelista, que había pasado su vida ejerciendo el lenguaje con extraordinaria precisión, enfrentaba la posibilidad de una discapacidad permanente.
Para finales de agosto hubo un alivio cauteloso. Rushdie fue desconectado del respirador . Su familia informó que su humor "combativo y desafiante" permanecía intacto . Su hijo dijo a periodistas que su padre se estaba recuperando, aunque la extensión completa del daño aún se hacía evidente. Rushdie había perdido la vista del ojo derecho . El uso de una mano quedó comprometido . Estos no son abstracciones. Para un escritor, son amputaciones.
"O escribes tus libros o no los escribes, pero no los escribas con miedo."
Rushdie había dicho esto años antes, reflexionando sobre la fatua y sus consecuencias . Era una declaración de desafío, pero también una especie de apuesta: que vivir abiertamente, negarse a ser intimidado, valía el riesgo. En Chautauqua, esa apuesta se cobró.
Las preguntas que evitamos
El ataque a Rushdie plantea preguntas incómodas, muchas de las cuales hemos pasado décadas evitando.
Primero, está el asunto de la seguridad. Chautauqua no es una fortaleza; es un lugar de encuentro gentil donde desconocidos vienen a escuchar y pensar. Introducir detectores de metales y guardias armados lo transformaría en otra cosa—algo más duro, más sospechoso, menos abierto . Pero la alternativa es aceptar que escritores, artistas y pensadores que ofenden a las personas equivocadas son vulnerables, que la amenaza es real y perdurable. Este no es un problema teórico. Rushdie casi muere porque estaba insuficientemente protegido en una sociedad libre que tomó la amenaza con insuficiente seriedad.
Segundo, está la cuestión de la fatua misma. Nunca fue revocada. El Estado iraní se ha distanciado periódicamente de ella, pero con igual frecuencia la ha reafirmado. La recompensa permanece. En 2022, el mensaje era claro: la sentencia sigue en pie, y todavía hay gente dispuesta a ejecutarla. Esto plantea una pregunta diplomática contundente: ¿qué significa negociar con, comerciar con, relacionarse con un Estado que mantiene una sentencia de muerte contra un novelista?
Tercero, está la crisis más amplia de la libertad de expresión. El caso Rushdie fue una advertencia temprana de conflictos que sólo se han intensificado: entre el liberalismo secular y el absolutismo religioso, entre el derecho a ofender y la exigencia de respeto, entre principios universales y particularidad cultural. No hemos resuelto estos conflictos; mayormente los hemos maquillado. La sangre de Rushdie en Chautauqua es un recordatorio de que siguen vigentes, de que las apuestas no son abstractas.
Finalmente, está la prueba de nervio. ¿Cuántas editoriales publicarían *Los versos satánicos* hoy, conociendo el costo? ¿Cuántos escritores lo defenderían? La respuesta es incierta. El ataque a Rushdie ha producido declaraciones de solidaridad, pero también una ansiedad palpable. La lección que algunos extraerán no es que debemos defender la libertad de expresión con más vigor, sino que ciertas provocaciones no valen el peligro. Esa lección conduce a un mundo más estrecho.
La larga sombra
Al final, lo sucedido en Chautauqua fue extraordinario y lúgubremente predecible a la vez. Extraordinario porque parecía pertenecer a otra era—una erupción violenta de 1989, de algún modo trasplantada a 2022. Predecible porque la fatua nunca desapareció. Permaneció latente, una especie de veneno lento, esperando que alguien como Hadi Matar la activara.
Rushdie ha pasado más de tres décadas viviendo bajo la sombra de esa sentencia. Ha escrito novelas, ensayos, memorias. Ha amado, discutido, bromeado. Ha insistido, una y otra vez, en que no sería silenciado, en que el miedo no dictaría los límites de su imaginación. Y aun así la sombra lo encontró.
El novelista está vivo, recuperándose, desafiante. Pero el costo está grabado ahora en su cuerpo: el ojo perdido, la mano dañada, las cicatrices. Estos son los salarios de escribir libremente en un mundo donde ciertas ideas todavía se consideran delitos capitales.
El ataque en Chautauqua no fue una anomalía. Fue un recordatorio. La fatua es más antigua que Hadi Matar. También lo sobrevivirá. Mientras permanezca en pie, mientras Estados y movimientos estén dispuestos a sentenciar a muerte a artistas por su obra, la amenaza perdura. Rushdie sobrevivió esta vez. Otros pueden no tener tanta fortuna.
Enfrentamos una elección, y no es cómoda. Podemos defender el principio de que ninguna idea, por ofensiva que sea, justifica la violencia—y aceptar los riesgos y costos que esa defensa conlleva. O podemos abandonar discretamente ese principio, trazar límites alrededor del discurso aceptable, y esperar que el repliegue nos compre seguridad. Lo último es un camino tentador. También es un delirio. La tiranía no se apacigua con concesiones. Sólo se alienta.
Rushdie, por su parte, ya ha hecho su elección. La hizo en 1988, cuando publicó *Los versos satánicos*. La hizo de nuevo cada vez que subió a un escenario, asistió a un evento, se negó a esconderse. En Chautauqua, esa elección casi lo mata. Pero la alternativa—una vida vivida con miedo, libros no escritos, verdades no dichas—habría sido también una especie de muerte.
La larga sombra de la fatua no se disipará hasta que sea formalmente renunciada, hasta que se establezca el principio de que los escritores no son objetivos legítimos, de que los libros no son crímenes. Hasta entonces, vivimos con la amenaza, y con el conocimiento de que incluso en un anfiteatro tranquilo en el interior del estado de Nueva York, una mañana de verano, el pasado puede estallar en violencia. La pregunta es si tenemos el coraje de acompañar a quienes se niegan a ser silenciados, o si desviaremos la mirada y esperaremos que el peligro nos pase de largo.
No lo hará.