El apretón de manos del billón de dólares
Una tarde de junio en Moscú, en la sede de cristal y acero del 68° Congreso de la FIFA, los delegados de 211 asociaciones miembro abrieron sus boletas electrónicas y votaron por algo que nunca antes se había intentado: un Mundial repartido en tres países, dos husos horarios y 16 ciudades distribuidas en una extensión territorial del tamaño de Europa . La candidatura conjunta —una propuesta de Estados Unidos, Canadá y México— derrotó el desafío de Marruecos con 134 votos contra 65 . Lo que aprobaron no fue simplemente la elección de una sede, sino una reimaginación fundamental del evento insignia del fútbol. La Copa Mundial de la FIFA 2026 contará con 48 selecciones, la mayor cantidad en la historia del torneo . Durará dos meses, comenzando el 11 de noviembre, y tendrá 104 partidos , cuarenta más que la edición de 2022 en Catar. Será, por cualquier medida, el Mundial más grande y largo jamás celebrado .
La decisión de ampliar se tomó años antes. En enero de 2017, el consejo normativo de la FIFA aprobó unánimemente el nuevo formato, expandiendo el torneo de 32 a 48 equipos . El plan original contemplaba 16 grupos de tres equipos cada uno, pero la FIFA posteriormente descartó esa estructura . En cambio, el torneo de 2026 contará con 12 grupos de cuatro equipos, preservando el ritmo tradicional de la fase de grupos de la Copa del Mundo mientras acomoda el campo inflado . El cambio se vendió como democratización —más naciones, más partidos, más ingresos— pero también representó una apuesta. ¿Podría un torneo de esta escala mantener la coherencia? ¿Podrían tres países, con culturas futbolísticas e infraestructuras muy diferentes, coordinar un evento que abarcará ocho mil kilómetros desde Vancouver hasta Ciudad de México?
La respuesta, a dieciocho meses del inicio, sigue siendo incierta. Lo que es seguro es que el Mundial 2026 pondrá a prueba los límites del modelo organizativo de la FIFA y el apetito de Norteamérica por el juego mundial.
Un mapa demasiado grande para doblar
La geografía por sí sola es desalentadora. Dieciséis ciudades serán sedes de partidos : once en Estados Unidos, tres en México y dos en Canadá. La final se celebrará en una de tres candidatas —Nueva York, Dallas o Los Ángeles — aunque la FIFA aún no ha anunciado cuál. México albergará diez partidos, incluida la ceremonia inaugural del torneo en Ciudad de México . Canadá, por su parte, dará la bienvenida al mundo con su propia ceremonia inaugural repleta de estrellas , una señal de que la sede norteña tiene la intención de reclamar su parte del protagonismo.
Los desafíos logísticos son inmensos. Los equipos enfrentarán calendarios de viajes que harían estremecer a una banda de rock de gira. Un partido de fase de grupos en Vancouver seguido de un encuentro de octavos de final en Miami requeriría un viaje de casi cinco mil kilómetros. La FIFA ha reconocido el problema estableciendo 14 bases operativas en las naciones anfitrionas , pero la dispersión del torneo plantea interrogantes sobre la equidad competitiva. ¿Disfrutarán los equipos con itinerarios más cortos de una ventaja táctica? ¿Llegarán los jugadores a los partidos eliminatorios ya fatigados por vuelos transcontinentales?
La selección masculina de Estados Unidos, al menos, disfrutará de la ventaja del terreno conocido. Los anfitriones comenzarán su camino en la Copa Mundial 2026 en Los Ángeles, jugando su primer partido de fase de grupos en el SoFi Stadium el 12 de junio . El recinto, una reluciente arena de 70.000 asientos inaugurada en 2020, es una de varias instalaciones de última generación que la candidatura estadounidense destacó en su propuesta exitosa. Pero la ventaja de jugar en casa viene con sus propias presiones. Estados Unidos, Canadá y México se clasificarán automáticamente para el torneo , una disposición que les ahorra la prueba de la eliminatoria regional pero también los priva de preparación competitiva. Para Estados Unidos, que no logró clasificarse para el Mundial de 2018, lo que está en juego es especialmente alto. Un mal desempeño en su propio suelo sería una humillación sentida en cada una de las 11 ciudades estadounidenses anfitrionas.
Las guerras del formato
La decisión de la FIFA de abandonar el formato original de 16 grupos llegó tarde en el proceso de planificación, una rara retirada pública para una organización no conocida por dudar de sí misma . La estructura inicial —grupos de tres equipos con dos clasificándose— había sido criticada como tácticamente perversa. Habría fomentado el fútbol defensivo y abierto la puerta a la colusión, ya que los partidos finales de grupo se jugarían simultáneamente con ambos equipos sabiendo exactamente qué resultado necesitaban. Peor aún, arriesgaba producir una avalancha de tandas de penales, ya que los equipos en tercer lugar con registros idénticos necesitarían un mecanismo para desempatar.
El formato revisado —12 grupos de cuatro— restauró la estructura tradicional mientras creaba un nuevo problema: cómo llenar un cuadro de 48 equipos. La solución es una fase eliminatoria híbrida en la que los dos primeros equipos de cada grupo avanzan, junto con los ocho mejores terceros . Es un compromiso incómodo, uno que introduce un grado de aleatoriedad en el sorteo. Un equipo tercero que se cuele por diferencia de goles podría enfrentarse a un ganador de grupo en los treintaidosavos, mientras que otro tercero podría sortear un camino más favorable. El formato garantiza 104 partidos , pero no garantiza coherencia.
Aun así, la expansión entregará lo que la FIFA más valora: más partidos, más entradas, más ventanas de transmisión. El torneo requerirá una ventana internacional de 16 días y cuatro partidos en septiembre y principios de octubre, así como ventanas de nueve días y dos partidos en marzo, junio y noviembre . Para los clubes, el calendario representa una intromisión no deseada. Las ligas europeas perderán a sus jugadores durante semanas, y el calendario expandido comprimirá aún más la temporada de clubes. Pero el cálculo de la FIFA es claro: la Copa del Mundo es el principal generador de ingresos de la organización, y un torneo de 48 equipos generará miles de millones en ingresos adicionales.
El modelo financiero se extiende a la venta de entradas. La FIFA ha anunciado que utilizará precios dinámicos para las entradas del Mundial , una práctica tomada de las aerolíneas y los promotores de conciertos. Los precios fluctuarán según la demanda, lo que significa que los aficionados que esperen demasiado para comprar podrían verse excluidos de los partidos más importantes. La decisión ha sido criticada como un intento de maximizar ganancias, pero refleja la estrategia más amplia de la FIFA: maximizar los ingresos en cada oportunidad y dejar que el mercado determine quién asiste.
La avalancha de marketing
A dieciocho meses del primer partido, la Copa del Mundo 2026 ya es un producto de consumo. La FIFA ha presentado el logo oficial del torneo , un diseño que fue recibido con burlas de los aficionados que se quejaron de que carecía de imaginación . El balón oficial también ha sido revelado , al igual que el póster oficial . Lego ha lanzado una línea de merchandising del Mundial , y un álbum de cromos con los jugadores del torneo ya está a la venta . El aparato comercial está a toda máquina.
El himno también ha llegado. Megan Thee Stallion, David Guetta, EJAE y Andrea Bocelli se han unido para "DNA", la canción oficial de la Copa Mundial de la FIFA 2026 . Es una mezcla curiosa —rap, música electrónica de baile y voces operísticas— que parece diseñada para no ofender a nadie y no deleitar a nadie. La canción sigue la tradición de himnos mundialistas que apuntan al atractivo global y logran la blandura global. Los esfuerzos previos de Shakira al menos tenían la ventaja de ser pegadizos ; "DNA" es meramente funcional.
Cada ciudad anfitriona también ha lanzado su propia marca . Vancouver, por ejemplo, ha anunciado una "alineación de primer nivel de simpatizantes de la Ciudad Anfitriona" , mientras que Boston se prepara para recibir equipos para campamentos de entrenamiento . El ejercicio de branding refleja la naturaleza descentralizada del torneo. A diferencia de Copas del Mundo anteriores, que se organizaron en torno a la identidad de una sola nación anfitriona, la edición de 2026 debe acomodar tres marcas nacionales distintas. El resultado es una cacofonía visual: un torneo que corre el riesgo de sentirse como una feria comercial en lugar de un evento deportivo unificado.
La sombra de la geopolítica
A medida que el torneo se aproxima, ha surgido una nueva fuente de incertidumbre: la política. A principios de 2025, el presidente estadounidense Donald Trump anunció una suspensión generalizada del procesamiento de visas para ciudadanos de 75 países . La medida, que afecta a 15 naciones que se han clasificado para el Mundial 2026 , amenaza con impedir que jugadores, personal y aficionados ingresen a Estados Unidos. La política ha generado comparaciones con la prohibición de viajes de 2017, que provocó preocupaciones de que Estados Unidos podría ser incapaz de albergar la Copa del Mundo .
La suspensión de visas proyecta una sombra sobre el formato trinacional del torneo. Aunque México y Canadá no están sujetos a las restricciones de viaje estadounidenses, la mayoría de los partidos —incluida, potencialmente, la final— se celebrarán en ciudades estadounidenses. Si los jugadores de las naciones afectadas no pueden obtener entrada, la integridad deportiva del torneo podría verse comprometida. La FIFA aún no ha emitido una respuesta pública a la crisis de visas, pero el silencio de la organización es elocuente. La Copa del Mundo siempre ha existido en un contexto político —los torneos de 1978 en Argentina, de 2018 en Rusia y de 2022 en Catar procedieron a pesar de preocupaciones por los derechos humanos — pero la edición de 2026 podría poner a prueba la capacidad de la FIFA para navegar turbulencias geopolíticas en tiempo real.
Human Rights Watch, en un informe publicado un año antes del torneo, advirtió sobre "crecientes ataques a los derechos" en las naciones anfitrionas . La organización destacó abusos laborales en la construcción de estadios, restricciones a la libertad de expresión y el trato a migrantes y solicitantes de asilo. El informe enmarcó la Copa del Mundo 2026 como una prueba del compromiso declarado de la FIFA con los derechos humanos, un compromiso que ha sido honrado más en la retórica que en la práctica.
Los competidores se reúnen
El campo está casi completo. Túnez aseguró su clasificación con un gol en tiempo añadido , mientras que la República Democrática del Congo e Irak también obtuvieron sus boletos, completando el rompecabezas de 48 equipos . Italia, por su parte, se perderá su tercera Copa del Mundo consecutiva , un colapso asombroso para una nación que ha ganado el torneo cuatro veces. Bosnia y Herzegovina está entre los equipos europeos que se han clasificado , sumándose a una fase de grupos que contará con una mezcla sin precedentes de potencias futbolísticas y participantes primerizos.
El formato expandido ha permitido que más naciones sueñen, pero también ha diluido la intensidad competitiva del torneo. Una Copa del Mundo de 48 equipos garantiza más enfrentamientos desiguales en la fase de grupos, más goleadas, más partidos que solo importan a los equipos involucrados. El equilibrio —mayor representación global— es defendible, pero tiene un costo. La Copa del Mundo siempre ha sido especial en parte porque es exclusiva. Expandir el campo hace que el torneo sea más democrático, pero también lo hace menos selecto.
Aun así, la edición de 2026 ofrecerá historias. La clasificación automática de las tres naciones anfitrionas significa que Estados Unidos, México y Canadá competirán, una rareza en un torneo donde típicamente solo juega un anfitrión. Estados Unidos y México, amargos rivales regionales, podrían enfrentarse en la fase eliminatoria, una perspectiva que electrificaría a ambas naciones. Canadá, durante mucho tiempo un equipo menor en el fútbol masculino, tendrá la oportunidad de demostrar que su reciente resurgimiento es más que un destello. Y el formato expandido del torneo asegura que naciones más pequeñas —equipos que nunca se habrían clasificado bajo el antiguo sistema— tendrán su momento en el escenario global.
El ajuste de cuentas
La Copa del Mundo 2026 será la primera celebrada en Norteamérica desde que Estados Unidos fue anfitrión en 1994 . Ese torneo fue un éxito comercial, atrayendo multitudes récord e introduciendo el deporte a un público estadounidense escéptico. Pero el Mundial de 1994 también fue un asunto más modesto: 24 equipos, 52 partidos, nueve ciudades anfitrionas. La edición de 2026 es una propuesta completamente diferente. Es un torneo diseñado para la era de la hipercomercialización, uno en el que cada aspecto del evento —desde los precios de las entradas hasta la selección del himno— está optimizado para la extracción de ingresos.
La pregunta es si el fútbol puede justificar el espectáculo. Un torneo de 48 equipos y 104 partidos corre el riesgo de convertirse en una carga, un maratón que agota a jugadores, aficionados y emisoras por igual. La fase de grupos se extenderá durante semanas, y las rondas eliminatorias carecerán de la urgencia que define a la Copa del Mundo en su mejor momento. La apuesta de la FIFA es que la escala por sí sola generará emoción, que más fútbol es inherentemente mejor fútbol. Pero la historia del torneo sugiere lo contrario. La magia de la Copa del Mundo siempre ha residido en su compresión: cuatro semanas de intensidad, la obsesión de una sola nación, un momento global compartido. La edición de 2026 amenaza con cambiar intensidad por dispersión, urgencia por ubicuidad.
También está el asunto del legado. La Copa del Mundo de 1994 ayudó a establecer la Major League Soccer e introdujo a una generación de estadounidenses al deporte. El torneo de 2026, espera la FIFA, hará lo mismo para Canadá y México mientras profundiza las raíces del juego en Estados Unidos. Pero el impacto a largo plazo de una Copa del Mundo depende de más que cifras de asistencia. Depende de si el torneo inspira a jóvenes jugadores, si cambia la conversación cultural, si deja atrás algo más que un informe de ingresos.
Las primeras señales son mixtas. La crisis de visas amenaza con eclipsar el fútbol. El branding se siente corporativo en lugar de inspirado. El formato sigue siendo un trabajo en progreso, un experimento que podría vindicar las ambiciones de la FIFA o exponerlas como locura. Y sin embargo, la Copa del Mundo perdura. Perdura porque el fútbol es resistente, porque el juego sobrevive incluso a las peores decisiones de sus gobernantes, porque la perspectiva de ver a los mejores jugadores del mundo competir en el escenario más grande del mundo sigue siendo irresistible.
"La Copa del Mundo 2026 será el Mundial de la FIFA más grande de la historia".
La promesa es a la vez emocionante y ominosa. Más grande no siempre significa mejor. Pero en junio de 2026, cuando la ceremonia inaugural ilumine Ciudad de México y suene el primer pitido, el mundo sintonizará. Siempre lo hacemos. La pregunta es si, cuando se juegue la final en Nueva York, Dallas o Los Ángeles , miraremos hacia atrás al torneo como un triunfo o una historia de advertencia: la Copa del Mundo que demostró que el modelo de la FIFA podría escalarse a cualquier tamaño, o la que demostró que incluso el atractivo global del fútbol tiene sus límites.