La llamada llegó temprano. Anas Sarwar, líder del Partido Laborista escocés, había pasado el fin de semana sopesando una decisión que pondría fin a un mandato de primer ministro. La mañana de la rueda de prensa, tomó su decisión . Pocas horas después, Keir Starmer compareció ante las cámaras y anunció su dimisión como líder del Partido Laborista y su retirada como primer ministro, permaneciendo en el cargo solo hasta que se eligiera un sucesor . Lo que siguió no fue tanto unas elecciones para el liderazgo como una avalancha política: una carrera coreografiada con esmero para coronar a Andy Burnham, el hasta entonces alcalde del Gran Mánchester, antes de que pudiera arraigar cualquier disidencia.
Es inusual en la política británica presenciar un giro tan rápido en el centro de gravedad de un partido. El primer día de nominaciones, Burnham había conseguido el respaldo de al menos 81 diputados laboristas . En cuestión de días, esa cifra ascendería a casi el 95 por ciento del grupo parlamentario laborista , una proporción tan abrumadora que llevó a figuras destacadas a hablar abiertamente de una "coronación" en lugar de una contienda . La pregunta que sobrevolaba Westminster no era si Burnham ganaría, sino si alguien se atrevería siquiera a presentarse contra él.