La Unión Europea ha impuesto lo que Josep Borrell, su alto representante para Asuntos Exteriores, califica como las sanciones más duras jamás aplicadas por el bloque contra Rusia [1]. Congelación de activos, restricciones en los mercados financieros, controles de exportación: el menú completo. Sin embargo, la verdadera importancia del paquete no reside en lo que hace, sino en lo que revela sobre la postura estratégica de Europa: la persistente creencia de que la escalada puede dosificarse como un medicamento, con cuidadosa moderación.
Según YLE, citando a Reuters, Italia, Alemania y Chipre presionan por un enfoque gradual mientras los Estados bálticos exigen la expulsión de Rusia del sistema de pagos Swift [1]. El alemán Olaf Scholz quiere mantener Swift «como opción para uso posterior»; Joe Biden afirma que «actualmente no está sobre la mesa» [1]. Este es el lenguaje de quienes imaginan que están negociando consigo mismos. Rusia, mientras tanto, opera con un calendario distinto.
