El 24 de febrero de 2022, según múltiples fuentes, Rusia invadió Ucrania [3, 7, 11]. Cuatro años y cuatro meses después, la guerra continúa con un balance de víctimas que ha superado las 100.000 muertes en ambos bandos y ha desplazado a más de 8,2 millones de personas dentro de Ucrania a finales de 2023 [17, 22, 27]. El acontecimiento que se suponía galvanizaría a Occidente en una confrontación transformadora con la autocracia revanchista se ha asentado en cambio en un ritmo de desgaste incremental. La pregunta ya no es si Ucrania puede ganar rápidamente, sino si alguien sigue creyendo que debe hacerlo.
La invasión comenzó como teatro: la declaración televisada del presidente Putin de una 'operación militar especial' para 'desmilitarizar' y 'desnazificar' Ucrania, según informaron fuentes rusas e internacionales [12, 16, 21, 24]. La retórica era absurda—la afirmación de Putin de que Ucrania estaba dirigida por neonazis, como señalan múltiples fuentes [5, 16, 24], era propaganda tan burda que insultaba a su propia audiencia. Pero los tanques eran reales. Las fuerzas rusas atacaron desde múltiples direcciones, apuntando a Kiev y otras ciudades, en la mayor guerra terrestre europea desde 1945 [3, 7, 11]. La respuesta occidental inicial fue unificada y severa: sanciones, envíos de armas, solidaridad retórica. La resistencia de Ucrania, feroz y eficaz, convirtió lo que Moscú esperaba que fuera una rápida decapitación en un baño de sangre prolongado.
