El 28 de febrero de 2026, tras los ataques conjuntos estadounidenses e israelíes que mataron al líder supremo Ali Jamenei, la Guardia Revolucionaria iraní anunció el cierre del estrecho de Ormuz [1, 2, 4, 11, 13, 17]. En pocos días, el tráfico de petroleros por este punto de estrangulamiento —que transporta aproximadamente el 25% del petróleo mundial y el 20% del gas natural licuado [5, 13]— se desplomó un 70% [5, 14, 15, 21, 22, 25, 28]. El barril de Brent alcanzó los 126 dólares el 8 de marzo [14, 15, 21], el shock energético más abrupto desde los años setenta [14, 15, 21, 22, 25, 27, 29]. La pregunta que los analistas siguen desentrañando: ¿fue esto puramente teatro de represalia, o diseñó Irán la mayor interrupción del suministro en la historia del mercado petrolero [14, 15, 21, 22, 25, 27, 29] con fines económicos calculados?
La narrativa militar es clara. Múltiples medios informan de que Irán lanzó ataques con misiles y drones contra bases estadounidenses, territorio israelí y aliados del Golfo [15, 21, 25, 28, 29], y luego advirtió a los buques contra el tránsito [2, 4]. La Guardia Revolucionaria llevó a cabo al menos 21 ataques confirmados contra barcos comerciales entre el 28 de febrero y el 12 de marzo [19, 22], y colocó minas en el estrecho según CNN [29]. Más de 150 embarcaciones fondearon fuera de la vía marítima esperando que amainara la tormenta [15, 21, 22]. Los datos de tráfico —una detención casi total— encajan con la disuasión: hacer el paso prohibitivamente arriesgado, y el flujo se detiene sin necesidad de hundir cada petrolero.