Según múltiples conteos rápidos [4, 13, 20, 22, 28], Roberto Sánchez superó a Keiko Fujimori por una fracción — 50,14% frente a 49,86% — en la segunda vuelta del domingo. El margen es lo bastante estrecho como para que los escrutinios finales aún puedan variar, pero la verdadera historia no es quién ganó. Es que Fujimori, que encabezó la primera vuelta [8, 10, 17, 18, 25] y comanda el mayor bloque parlamentario [8], no logró convertir el dominio de la derecha en una victoria decisiva. La derecha peruana controla el legislativo — Fuerza Popular de Fujimori tiene 41 diputados y 22 senadores, con partidos menores de centroderecha llenando los huecos [8] — y sin embargo no pudo unirse en torno a su abanderada cuando importaba.
La fractura comenzó en la primera vuelta. Rafael López Aliaga, el empresario de extrema derecha que por poco no alcanzó la segunda vuelta [8, 10, 17, 18], respondió a su tercer puesto lanzando lo que múltiples medios describen como una campaña de desinformación contra las autoridades electorales [8, 10, 17], acusándolas de fraude pese a las desmentidas de la Unión Europea y autoridades peruanas [8, 10]. El Jurado Nacional de Elecciones desestimó las quejas por infundadas y confirmó que la segunda vuelta seguiría adelante [8, 10, 18], pero el daño estaba hecho: los seguidores de López Aliaga alimentaron su agravio en lugar de cerrar filas con Fujimori. Cuando llegó la segunda vuelta, algunos bloques de centroderecha la respaldaron [23, 27, 30] mientras otros — en particular País Para Todos, que obtuvo 1,3 millones de votos en primera vuelta [16] — se negaron a apoyar a nadie, insistiendo en que no "impondrían directivas" a sus votantes [16].