El 8 de junio, un terremoto de magnitud 7,8 desgarró el lecho marino frente a Sarangani, disparando alertas de tsunami por medio Pacífico y derrumbando edificios desde General Santos hasta Davao Occidental [4, 8, 14, 21, 22, 24]. Al menos 41 muertos, más de 20.000 desplazados y comunidades enteras aisladas por deslizamientos de tierra [4, 5, 12]. La causa próxima es bien conocida: movimiento en la Fosa de Cotabato, la misma falla de subducción que provocó el catastrófico terremoto del Golfo de Moro en los años setenta, que mató a miles [4, 11]. Lo que sigue siendo obstinadamente oscuro es por qué, medio siglo después, la misma amenaza geológica continúa cobrándose semejante tributo humano.
La Fosa de Cotabato no es un riesgo emergente. Es una amenaza conocida y recurrente. El evento del Golfo de Moro —magnitud 8,0, en 1976— generó un tsunami que inundó las costas de Mindanao y mató a entre 5.000 y 8.000 personas. Phivolcs lleva décadas identificando la fosa como zona sísmica principal. Sin embargo, varios medios informan de que el terremoto de esta semana está siendo descrito como uno de los más destructivos que han golpeado Filipinas en cinco décadas [4, 11], una caracterización que delata cuán poco se ha interiorizado del desastre anterior. Los hospitales funcionan ahora al aire libre porque no se puede confiar en los edificios [5]. Escuelas e infraestructuras críticas están dañadas [1, 5]. La red eléctrica se ha caído en amplias zonas de la isla, con el Departamento de Energía esforzándose por restablecer el suministro [1, 19]. Estas no son las marcas de la preparación.