El archipiélago atlántico de Cabo Verde tiene 491.575 electores registrados. El 17 de mayo, según múltiples medios [7, 13, 15], la mayoría de ellos optó por no votar. El Partido Africano para la Independencia de Cabo Verde obtuvo 37 escaños en la Asamblea Nacional de 72 miembros: suficientes para gobernar, insuficientes para convencer al país de que lo había pedido. La abstención, como señaló João Santos Luís a Inforpress [15], ganó las elecciones.
Esto no es nuevo. La participación en Cabo Verde lleva una década en descenso. Lo nuevo es que un gobierno formado sobre la base de una abstención récord debe ahora gobernar como si lo hubieran querido. El Partido Parlamentario expresó su decepción [2, 3, 5, 14] porque el resultado seguiría polarizando la cámara. Uno lee eso y piensa: la polarización no es el síntoma democrático más acuciante cuando la mitad del país ha dejado de presentarse.