La orden
En la mañana del 24 de febrero de 2022, el presidente ruso Vladímir Putin compareció en la televisión estatal para anunciar lo que denominó una "operación militar especial" contra Ucrania . La expresión era deliberada, clínica, elegida para evitar la palabra "guerra". En cuestión de horas, misiles rusos alcanzaron objetivos militares y civiles en todo el país . Tropas y columnas blindadas avanzaron hacia el sur desde Bielorrusia y hacia el norte desde Crimea. Las orugas de los tanques araron la tierra helada a lo largo de un frente que se extendía prácticamente por toda la longitud de las fronteras de Ucrania.
La declaración de Putin fue breve y enmarcada en el lenguaje de la necesidad defensiva. Afirmó que Rusia no planeaba ocupar Ucrania , una declaración que sonaría hueca a medida que se desarrollaba la operación. Lo que había comenzado como el reconocimiento de dos repúblicas separatistas en el este de Ucrania se había convertido, en cuestión de horas, en una invasión a gran escala.
Fue un momento que redibujó el mapa de la seguridad europea, puso fin a tres décadas de paz relativa en el continente y desencadenó un conflicto cuyas consecuencias —humanitarias, económicas, geopolíticas— aún se siguen contabilizando. Pero la invasión no llegó sin avisos. Era la culminación de años de tensión creciente, anexión territorial y un desacuerdo fundamental sobre el lugar de Ucrania en el orden postsoviético.
Preludio: reconocimiento y despliegue
El detonante formal llegó dos días antes. El 22 de febrero, el Kremlin reconoció la independencia de las Repúblicas Populares de Donetsk y Lugansk, los dos enclaves respaldados por Rusia en la región del Donbás, en el este de Ucrania . Estos territorios se encontraban en un estado de conflicto congelado desde 2014, cuando separatistas apoyados por Rusia tomaron el control tras la Revolución del Maidán y el derrocamiento del presidente prorruso de Ucrania, Víktor Yanukóvich.
Al reconocimiento le siguió el despliegue. Las tropas rusas se trasladaron abiertamente a Donetsk y Lugansk, supuestamente como fuerzas de paz . Moscú presentó el movimiento como una respuesta a la agresión ucraniana, una narrativa que se había ido construyendo durante meses. Sin embargo, la inteligencia militar ucraniana había pintado un cuadro diferente. Kiril Budánov, jefe de la inteligencia militar ucraniana, había descrito un plan de guerra ruso detallado: ataques de artillería y aviación, seguidos de un asalto terrestre y desembarcos anfibios en las ciudades sureñas de Odesa y Mariúpol .
La comunidad internacional condenó el reconocimiento y los movimientos de tropas, pero la respuesta fue fragmentada. Estados Unidos advirtió que las fuerzas rusas permanecían en una "posición amenazante" . Angela Merkel, de Alemania, expresó su insatisfacción con la presencia militar rusa en Ucrania . El canciller austríaco Karl Nehammer declaró que su país era "militarmente neutral, pero solidario con Ucrania" . Sin embargo, los esfuerzos diplomáticos para evitar un conflicto mayor ya habían fracasado.
El mito de la desnazificación
La justificación de Putin para la invasión se centró en dos afirmaciones: que Ucrania representaba una amenaza directa para la seguridad rusa y que la operación era necesaria para "desnazificar" el país . Esta última afirmación, en particular, generó condenas generalizadas y desconcierto. El presidente de Ucrania, Volodímir Zelenski, es judío; sus bisabuelos fueron asesinados en el Holocausto. La noción de que Ucrania —una democracia vibrante, aunque imperfecta— estuviera en manos de un régimen neonazi les pareció absurda a historiadores y politólogos .
Sin embargo, la retórica no era aleatoria. Estaba cuidadosamente calibrada para una audiencia rusa interna. Las encuestas sugerían que muchos rusos aceptaban el encuadre de Putin sobre el conflicto . La invocación del nazismo aprovechaba el profundo pozo de la memoria soviética, la Gran Guerra Patria, los 27 millones de muertos. Presentaba a Rusia como la liberadora, la protectora, la fuerza justa contra un fascismo resurgente.
Fuera de Rusia, la afirmación fue desestimada como propaganda. Los académicos señalaron que existen grupos de extrema derecha en Ucrania, como en muchos países, incluida la propia Rusia. Uno de esos grupos rusos, la unidad paramilitar ДШРГ "Rusich", fue documentado pidiendo la tortura y ejecución de prisioneros de guerra ucranianos . Mientras tanto, el parlamento ucraniano reconoció formalmente a Rusia como un estado terrorista , y la Corte Penal Internacional abrió una investigación sobre crímenes de guerra rusos . En marzo de 2023, la CPI emitió una orden de arresto contra el propio Putin, acusándolo de ser responsable de la deportación ilegal de niños de los territorios ucranianos ocupados .
El modelo de Crimea
La invasión de 2022 no fue la primera incursión rusa en territorio ucraniano. En 2014, en medio del caos tras las protestas del Maidán, las fuerzas rusas se apoderaron de Crimea en una operación rápida y prácticamente sin derramamiento de sangre. La anexión fue condenada internacionalmente pero nunca revertida. Documentos revelados posteriormente demostraron que Putin había ordenado la operación el 23 de febrero de 2014 —el último día de los Juegos Olímpicos de Invierno de Sochi— junto con planes para extraer al presidente depuesto, Víktor Yanukóvich .
El propio Yanukóvich había sido un punto de inflexión. Su negativa a firmar un acuerdo de asociación con la Unión Europea a finales de 2013, bajo presión de Moscú, encendió las protestas que eventualmente lo derrocarían . El acuerdo con la UE era más que un pacto comercial; era una declaración de intenciones, una señal de que Ucrania se estaba orientando hacia Occidente. Yanukóvich se resistió y pagó el precio. Su huida a Rusia dejó un vacío de poder que Moscú se apresuró a explotar.
Crimea estableció la plantilla: acción militar rápida, un barniz de legitimidad local (un referéndum organizado apresuradamente) y una apuesta a que Occidente no respondería con la fuerza. La apuesta dio resultado. Se impusieron sanciones, pero Crimea permaneció bajo control ruso. El mensaje era claro: Moscú no toleraría la deriva de Ucrania hacia Occidente y estaba dispuesto a usar la fuerza militar para impedirlo.
El coste humano
A los pocos días de la invasión, el gobierno ucraniano informó de bajas asombrosas. Según cifras oficiales, 837 efectivos militares ucranianos habían muerto y 3.044 habían resultado heridos en la fase inicial de la operación en el este . Esas cifras aumentarían exponencialmente a medida que la guerra se expandía.
El número de víctimas civiles fue más difícil de cuantificar, pero no menos devastador. Las ciudades fueron sitiadas; la infraestructura fue destruida; millones huyeron. Hungría anunció que proporcionaría refugio no solo a los húngaros étnicos de la región de Transcarpacia de Ucrania, sino a todos los ciudadanos ucranianos . El éxodo se convirtió en la mayor crisis de refugiados en Europa desde la Segunda Guerra Mundial.
La guerra también atrajo a actores no convencionales. El colectivo de hackers Anonymous se atribuyó la responsabilidad de ciberataques contra sitios web rusos, parte de un frente digital más amplio que se abrió junto al físico . Mientras tanto, grupos paramilitares rusos con vínculos con el Grupo Wagner operaban en las zonas de conflicto. Una de esas figuras, Yan Petrovski, líder de la unidad Rusich, fue detenido en Finlandia; Ucrania preparó materiales para su extradición .
La respuesta internacional
La invasión obligó a un ajuste de cuentas entre las potencias occidentales. Alemania, durante mucho tiempo criticada por su dependencia de la energía rusa y su renuencia a confrontar a Moscú, anunció un paquete de ayuda militar de 2.700 millones de euros para Ucrania, el mayor desde que comenzó la guerra . El cambio fue sísmico. Durante décadas, la Alemania de posguerra había mantenido una política de moderación militar; ahora estaba armando a un país en guerra con una potencia nuclear.
En las Naciones Unidas, las denuncias fueron contundentes. El embajador de Kenia pronunció un discurso que resonó mucho más allá de la sala del Consejo de Seguridad, estableciendo un paralelismo entre la lucha de Ucrania y el pasado colonial de África . Fue un recordatorio de que la guerra, aunque europea en geografía, llevaba ecos de conflictos más antiguos sobre soberanía y autodeterminación.
Sin embargo, la respuesta internacional no fue uniforme. Algunas naciones condenaron a Rusia inequívocamente; otras se mostraron cautelosas. El Sur Global, en particular, se mostró reacio a unirse a las sanciones occidentales, desconfiando de verse arrastrado a lo que muchos consideraban un conflicto por poderes entre grandes potencias. La guerra expuso fisuras en el orden internacional, revelando los límites de las instituciones multilaterales y la persistencia del interés nacional.
La resistencia y los silenciados
Dentro de Rusia, la guerra era profundamente impopular entre ciertos sectores de la población, aunque disentir era peligroso. Los rusos contrarios a la guerra luchaban por hacer oír sus voces . Las protestas fueron recibidas con detenciones masivas; los medios de comunicación independientes fueron cerrados; el término "guerra" en sí mismo fue criminalizado. La narrativa estatal era total: esta era una operación defensiva, una intervención necesaria, una lucha contra el fascismo.
Sin embargo, las grietas eran visibles. Miles huyeron del país para evitar la conscripción. Los soldados regresaban del frente con historias que contradecían los relatos oficiales. Las sanciones económicas, aunque tardaron en hacer efecto, comenzaron a remodelar la vida cotidiana. La guerra que Putin prometió que sería rápida y limitada se había convertido en otra cosa: un conflicto prolongado y sangriento sin un final claro.
La pregunta que permanece
Dos años después, la guerra continúa. Las líneas del frente se han desplazado; el recuento de víctimas ha ascendido a cientos de miles; el impacto inicial ha dado paso a una normalidad sombría. Lo que comenzó como una "operación militar especial" se ha convertido en el conflicto más grande y mortífero de Europa desde 1945.
La pregunta que acechó los primeros días de la invasión permanece sin respuesta: ¿qué quiere Putin? ¿Es la restauración de una esfera de influencia rusa, una reversión de la expansión de la OTAN, la subyugación de Ucrania o algo más difuso: una reafirmación del poder ruso, un golpe contra un orden internacional liberal que considera hostil e hipócrita?
La invasión reveló los límites de la disuasión, la fragilidad del derecho internacional y la persistencia de la competencia entre grandes potencias en una era que se suponía había superado esto. Demostró que las fronteras todavía pueden redibujarse por la fuerza, que los tratados pueden ignorarse, que el acuerdo posterior a la Guerra Fría nunca fue tan estable como parecía.
Y demostró, quizás con mayor claridad, que las decisiones de un solo hombre —sentado en un estudio de televisión en una mañana de invierno, leyendo un guion preparado en secreto— pueden sumir a millones en la guerra. La invasión que no debía ocurrir sí ocurrió. Las consecuencias aún se están desarrollando.